lunes, 31 de marzo de 2008

EL PERRO DE LA CASA

Willy era el menor de tres hermanos. Desde siempre en su casa estuvo presente un perro, un quiltro que el padre compraba en esas cajas de cartón en las veredas del centro.
Cada cachorro con que llegaba el padre siempre era un perrito fino, de raza.
Meses más adelante, cuando crecía asomaba el quiltro entero, pero todos habían logrado encariñarse y Willy entretenerse como buen adolescente perrero.

Los veterinarios y vacunas se desconocían. Los perros se recibían regalados o se compraban, se les entregada el viejo plato metálico enlozado donde se vertían las sobras de las ollas. Era una forma de disminuir la basura que se sacaba a diario en el añoso y aporreado cajón de madera. El carnicero surtía el hueso molido para enriquecer su dieta.

Este ungüento se iba pegando en el plato que una vez por semana se ponía bajo el potente chorro de la manguera para desincrustar la carroña. Nadie lavaba pulcramente ese plato, por eso los canes iban enfermando y de pronto morían.
Así se iban sucediendo en el cargo titular de la casa, los finos quiltros, comiendo siempre del mismo plato. Cambiaba el pelaje, nombre, largo de la cola, pero el collar y cadena siempre eran los mismos.

Al perro de turno lo adoraba, pero lo obligaba a entretenerlo, remolcando un carricoche hecho por él mismo con un cajón manzanero y ruedas de patines. Willy sentado en su interior, le daba dirección con los pies y adelante el perro galopaba a la máxima velocidad huyendo de este ruido ensordecedor que lo perseguía.

Willy vivía cerca de la plaza Pocuro, porque habían llegado a colonizar el barrio, que entonces mostraba sus primeras casas. Allí tenía su grupo de amistades adolescentes con los que estaba ese día jueves en la tarde, cuando apareció un quiltro, con cara de vivaracho e interesante para él. Cuando le tiraba una piedra, corría a buscarla, la recogía, la dejaba en el suelo a sus pies, se sentaba y movía la cola, manos, orejas y ojos, con un rostro muy expresivo de algarabía. El joven le tiró piedras, palos y siempre el perro demostró que sabía hacer muy bien su oficio. Entonces venía la recompensa con cariños, palmaditas que agradaron al perro. Todos los amigos se entretuvieron con ese perro hasta que dieron las ocho y partieron todos a sus casas.

Willy llegó a su casa seguido por el perro y se despidió con unas caricias, dejándolo afuera en la calle.
Estaban comiendo, cuando de pronto se sintió una pelea de perros en el jardín con espantosos gruñidos y aullidos de pánico. Partieron a ver que sucedía con su perro.
El can forastero, con aspecto simpático, se metió por los barrotes de la reja y como era un callejero, agresivo, que subsistía por instinto, comió la comida del dueño de casa y cuando éste intentó defender lo suyo, casi muere en el intento.
_ ¿Por qué hay dos perros en la casa? preguntó el padre, mirando sólo a Willy.
_ Me siguió desde la plaza. Yo no lo entré. Te lo juro papá. Se metió sólo.
_ Hijo, mira al Capulín como está mordido, con sangre, asustado y con la cola gacha.
_ Ayúdenme a echar a ese perro afuera. Saquémoslo ahora.

El padre y los hermanos mayores tomaron escobas y así lograron que el diablo se fuera.
El Capulín, muy asustado se dejó lavar sus heridas y le llenaron nuevamente su plato con una sobra de garbanzos tibios.

Al día siguiente el Capulín andaba temeroso esperando lo peor.
Estaban poniéndose los pijamas en esa casa cuando se oyó peleas de perros y maldiciendo al intruso lo pillaron comiendo en el plato ajeno.

_ ¡Ahora mismo vamos a poner punto final a ese perro! ¡Sacaremos a don Sata de nuestra casa!
_Echémoslo de nuevo afuera. Esta vez el perro mostró los dientes a los dueños de casa.
_ Dejémoslo para mañana, que es sábado.
Esa noche todos durmieron mal porque el rosquero mordió mucho al Capulín.
El sábado después del desayuno el padre preparó el ambiente para sacar al intruso. Willy era quien tenía llegada con dicho perro.
_Toma esta sábana de baño y te metes en el asiento trasero del auto con el perro en el piso. Entonces le envuelves la cabeza con la sábana para que no vea dónde lo vamos a ir a botar.
Partió el equipo inquisitivo a dos cuadras del canal con su víctima encapuchada por calle Bilbao, cruzó el puente de madera del canal San Carlos y siguió por ese camino rural, quizás en total 2 kilómetros.
Cuando se detuvo el auto, bajó el padre, abrió la puerta trasera y tomó una piedra del camino para arrojarla sin puntería alguna. Tal vez para amedrentarlo, porque se asustó.
_Vamos a pasar a comprar unos clavos a la ferretería aprovechando que está abierta, dijo el padre, mientras estacionaban el auto, compraron y siguieron para la casa.
Allí se dieron cuenta que los estaba esperando el perro desterrado.

_ ¡Quiltro de mierda, carajo!
_ Toma al perro y súbete nuevamente, porque esta bestia no me la va a ganar.

Entonces repitieron el procedimiento, pero esta vez, pasaron de Tobalaba, por Colón, hasta dos kilómetros donde se terminaba el pavimentado, pero doblando dos cuadras a la izquierda de Colón, subiendo dos, dos a la derecha, subiendo dos… hasta que llegaron al ripiado, que tendía a ser con subes y bajas. Nuevamente el padre procedió sin puntería a la lapidación del perro, que corrió asustado.


_ Ahora súbete rápido y que no nos siga.
Llegaron al pavimentado y nuevamente comenzaron dos para abajo, dos a la izquierda, dos para abajo, dos a la derecha… para no dejar olores que el perro pudiera percibir.

Cuando llegaron a la casa, entraron temerosos que allí estuviera la bestia infernal, pero afortunadamente se había perdido para siempre.
El Capulín estaba decaído, no quería comer, parece que estaba con depresión de tanto ser atacado y desplazado. Willy lo había abandonado. Había sido mordido por un forajido matonesco, un extraño en su propia casa, que se había comido todo en su propio plato, y que aparecía y desaparecía produciéndole gran inseguridad. Eso lo obligaba a refugiarse en un rincón, bajo unas plantas mojadas para protegerse. Allí tiritaba toda la noche. La nana de la casa le hacía cariño, le llenaba el plato con leche, pero el perro estaba con su mente perturbada.

Willy y su vecino del frente se entretenían mucho desde que llegó ese perro vago, entonces el domingo se juntaron, conversaron y salieron a caminar a pié haciendo el mismo recorrido que el auto, tras su búsqueda porque querían reencontrarlo. Era un tramo muy largo, porque regresaron agotados y sedientos, como consecuencia de las largas horas de caminata,… caminata que sin duda, dejó un rastro, un rastro que un olfato hambriento, podría seguir fácilmente.

Y justamente aquella misma tarde apareció de regreso el perverso vago, que con todo el espanto de los dueños de casa, se metió a comer la comida del Capulín, lo mordió, mostró sus dientes y le quebró definitivamente su espíritu.

El dueño de casa hizo unos intentos por llamar a la perrera, pero era algo tarde.
El Capulín estaba tan mal que prefirió la calle. Se fue de esa casa y nunca más volvió.

Ya casi comenzaban a encariñarse con el perro intruso, pero a los pocos días, siguió los pasos del Capulín, y también se fue y esa casa quedó sin perro para siempre.

WIRIYO
15.03.2008

1 comentario:

Patricio dijo...

Creo que la narrativa de detalle es muy prolija, y está descrita en forma muy original, lo cual invita al lector, a vivenciar con mucho realismo, cada escena del cuento, es decir, la transmisión de las sensaciones que rodean cada escena, está muy bien lograda.

Se perciben algunos pequeños errores (irrelevantes), en la precisión del relato, lo cual se solucionaría fácilmente, al pasar a otra(s) persona(s), el texto para su revisión fina.

En cuanto al final del cuento, me pareció inconcluso, o al menos, poco original.

Como conclusión general, para cerrar este comentario, puedo señalar, que el cuento me gustó, y le pondría una nota 6 (de uno a siete), lo cual es bastante bueno. ¡Felicitaciones!